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Comenzamos nuestro periplo por el Oeste, para seguir girando, siguiendo la dirección de las manecillas del reloj, partiendo del radio que constituye la carretera de la Puebla y avanzaremos en esta primera etapa hasta la carretera general de Madrid, zona la comprendida en este arco de tierras doblemente seccionado tanto por la nueva variante de esta última carretera, como por la autopista, tan castigado que hacen irreconocible el mismo.

Caminamos, desde luego con la imaginación y el recuerdo; y dejando atrás las últimas tapias de la población, cruzamos la carretera de Madrid (hoy ya calle), y tras retrasar el Convento de las Trinitarias, antigua Huerta Longista, apenas hemos avanzado un kilómetro nos encontramos con Los Areneros, terrenos, como su propio nombre indica, utilizados para la extracción de áridos, los saca tierras municipales, junto a ellos el terreno que ocupó la desaparecida Ermita de San Juan.

Seguimos andando un tramo similar al recorrido y ya estamos en La Pardilla, nombre que responde al color de su tierra, es decir el pardo rojizo de las plumas del pardillo; por este paraje se adentraba en nuestro pueblo la vía pecuaria que atravesaba el término de Quintanar o vereda de Quintanar, paso de ganados con una anchura de 20.89 m2, recordamos que antaño los quintanareños solo podían acceder a los grandes caminos de la época a través de Puebla de Almoradiel hasta la apertura en el S. XVIII, hecho al que posteriormente nos referiremos, de la actual carretera general. Terrenos estos de La Pardilla en no pocas extensiones destinados en otros tiempos a la plantación de hortalizas en los que llegamos a contemplar las mulas o burros con los ojos tapados, uncidos al malacate, dando vueltas a la noria, cangilones de barro que descargaban agua para que recorra las acequias y el hortelano, descalzo, en funciones de atajo. Sudores y esfuerzos los de este hombre que proporcionarán los rojos tomates y verdes pepinos que ya en la cocina, aderezados con cominos, ajos. sal. Aceite y vinagre se convertirán en los ricos gazpachos, platos imprescindibles en nuestra nómina culinaria veraniega.

Unos metros más y nos encontramos ya en el término de Puebla de Almoradiel, lo que nos da idea de lo chico que es el nuestro, apenas hemos caminado dos kilómetros y ya lo hemos recorrido por el Oeste, recordemos que el término municipal de Quintanar tiene 88.21 Km.2 y su altura media sobre el nivel del mar es de 695 metros.

Al lado derecho de la carretera, la antigua vía del ferrocarril, hoy sin raíles y naturalmente sin función-menos de un siglo duró este medio de transporte-, inaugurado en enero de 1909, del que ya solo nos queda el recuerdo de cuando transportaba vagones de cereales o leguminosas, fudres de vino y se daba salida a los productos fabricados en Quintanar, sillas, licores, o quesos, para cuyas expediciones se extendían aquellos enormes talones amarillos en los que se podía leer "gran velocidad " o "pequeña velocidad", y hablando de velocidades, recordar también el recorrido de la locomotora y después el automotor cargado de personas hacia el Cristo de la Puebla, a marcha tan lenta que daba tiempo a los mozalbetes a apearse, coger uvas y volver a montar al llamado cariñosamente “trenillo” que se abría paso entre las pámpanas de las vides y algún que otro melonar.

Paralelo a la vía y al de Puebla de Almoradiel, el Camino del Blanquillo que conduce al paraje de ese nombre, ya en término de Puebla de Almoradiel, arranca, haciendo vértice con el Camino Corral Viejo de lo que fuera Bodega de Verdugo (Bodega de Entrena) y el antiguo emplazamiento del Restaurante San Isidro, esta (última vía, es decir el Camino de Corral, es también conocida como Camino del Puente Viejo, porque atraviesa el puente sobre el Río Gigüela a la altura del Batán donde enlaza con la que ya en otros tiempos fuera Cañada Real, ruta de la ganadería trashumante del Honrado Concejo de la Mesta, rebaños de ovejas merinas que nos proporcionan el producto más universal de nuestra gastronomía, el sabroso queso manchego. Quedó atrás, ya en término de Puebla de Almoradiel, La Cuesta Del Hito, a cuya altura dos montículos simétricos de forma cónica a los que la imaginación popular bautizó con el nombre de Las Tetas de Doña Alfonsa.

Del camino de Corral se bifurca, a la izquierda del mismo el de la Torrontera que también atraviesa el río. Hemos dejado atrás parte de la Cañada de Botar, hidrónimo de arroyo, que lleva agua si llueve de forma torrencial y que discurre atravesando los puentes de las carreteras de Villanueva, Madrid y Puebla de Almoradiel y desemboca en el Gigüela por la izquierda, terreno fértil y apto para la plantación de hortalizas y patatas, también conocido por La Pañuela más delante La Pellejera, denominación que debe obedecer al destino de los caldos procedentes de las uvas de aquellas tierras, es decir a llenar odres o pellejos de vino. En efecto se trata de tierras frescas por su altura, terreno arenoso idóneo para la plantación de vides, Pedraza de Alcaraz para llenar la de Francho con que regar al Chipola y a Don Ciriaco (si alguien tiene nociones de caló ya me habrá entendido, buen vino para llenar la bota, con que acompañar al cordero y al queso).

Más atrás nos quedó La Alameda, hoy el tramo más ancho de la calle San Fernando, desde la que se accedía a los caminos antes mencionados y constituyó la entrada al pueblo del Camino Real de Cartagena (hoy Ctra. N-301) al abrirse el mismo en tiempos de Carlos III (construido entre 1782 y 1786). No podían imaginar los quintanareños de la época lo que la apertura de esa vía iba a suponer para la economía local. En efecto al aumento de la red Caminera a finales del S. XVIII, de lo que formaba parte esta última, dio lugar a una inusitada promoción del Comercio interior en toda España, al que se incorporaron de manera muy activa los meros quintanareños, abriendo nuevas rutas en busca de ferias y mercados que tan buenos resultado les diera.

Julián López-Brea Justo

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