Diego Ortiz, Maestro romanero


A finales del XIX mi abuelo tuvo una inquietud. Desde mediados de siglo y durante más de sesenta años, él y su padre, Andrés Ortiz, trabajaron la forja de hierro en tareas habituales de la época. Además de herraduras, ambos compusieron ejes de carro, cadenas y poleas, rejas, verjas y barandas, cerrojos, picos y azadas; cuanto era común que un herrero recibiera por encargo.

Pero mi abuelo, Manuel Ortiz, vislumbró que en la zona sobraban herreros y decidió especializarse. Refinó el trabajó, creó su propia herramienta, ingenió todo un sistema artesanal para producir una pieza sofisticada que entonces era instrumento habitual de pesaje: la Romana. Ya lo dije: una inquietud del abuelo Manuel.

Mi padre, Diego Ortiz Contreras, prosiguió con la elaboración de romanas durante la segunda mitad del siglo XX. Un oficio duro el de esta tercera generación. El relato de sus viajes en bicicleta hasta Madrid se ve hoy tras un velo de proeza.

Mi padre fijaba a la trasera de la bicicleta una suerte de remolque cargado de romanas. Doscientos kilos de hierro y plomo, ciento veinte kilómetros de ida, otros ciento veinte de vuelta. Había que vender donde fuera. A diferencia de lo que pasaba en el resto de Europa, en España todavía se confiaba en la romana como instrumento de pesaje. Pero mi padre también tuvo su propia inquietud.

En los años ochenta concibió un nuevo uso para la romana. En un ejercicio de adaptación redujo progresivamente el tamaño de las piezas, calculó nuevas medidas y proporciones, introdujo el latón y el acero cromado.

Mi padre convirtió la romana -un hermoso invento de mecánica milenaria-, en un atractivo objeto que las personas apreciaron como elemento decorativo único. Desde entonces, las romanas de uso decorativo conviven con las de uso práctico. Los modelos se multiplicaron, el oficio se especializó aún más y esa especialización no concluirá mientras quien escribe vislumbre posibles innovaciones técnicas para un instrumento que, sin aporte de energía, demuestra una funcionalidad precisa y permanente.

Pertenezco a un largo linaje de romaneros. Hemos elaborado romanas capaces de pesar hasta media tonelada y balanzas profesionales calibradas para pesar de gramo en gramo. Hemos guardado una ingeniería que atravesó siglos sirviendo a artesanos, agricultores y comerciantes. Hemos mejorado los principios físicos y el diseño histórico de la romana para obtener un producto acorde con los nuevos tiempos. En la actualidad, nuestras romanas y balanzas también decoran, se han vestido con nuevos materiales y nuevas configuraciones. Y todas pesan con una precisión que envidian los más sofisticados artilugios eléctricos.

Palabra de romanero,

D. Ortiz

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Diego Ortiz, “El Último Maestro Romanero”

Diego Ortiz, maestro romanero, habla para Quintanar TE VE de la trayectoria de su taller de forja de romanas y nos acerca a su oficio mostrándonos cómo trabaja.

La trayectoria romanera de la familia Ortiz se remonta a finales del siglo XIX. Fue entonces cuando el abuelo de Diego Ortiz, Maestro Romanero, tuvo una inquietud. Desde mediados de siglo y durante más de sesenta años, él y su padre, Andrés Ortiz, trabajaron la forja de hierro en tareas habituales de la época. Realizaron herraduras, ejes de carro, cadenas y poleas, rejas , verjas y barandas, cerrojos, picos y azadas. Hasta que Manuel Ortiz decidió especializarse y diferenciarse del resto de herreros centrando su pericia en la elaboración de romanas.

Puedes saber más acerca de la familia Ortiz y de su trabajo en la web www.romanasdiegoortiz.com.